Entretelas.
Amparo salió del coche casi a trompicones, con la correa del bolso medio abierto colgando caída del hombro, y enfiló el camino de grava hacia la entrada lateral de la que durante quince años de matrimonio había sido su casa. Daban tormenta para aquella tarde, y ya se había levantado un viento desapacible que le agitaba los faldones de la gabardina. Le pareció apropiado para el retorno al chalet; después de la muerte de Claudia, a ella se le había hecho imposible volver a poner el pie allí. No pudo evitar una mirada de reojo al descuidado jardín que antaño había sido su orgullo; los hierbajos llegaban por la rodilla y en los cinco años que llevaban divorciados, Braulio no se había ocupado de sus parterres y la maleza se los había tragado. No quedaba rastro de sus queridas hortensias, blancas y azules, que rodeaban toda la planta del edificio y podían verse desde casi todas las ventanas del chalet. Bueno, pensó Amparo, sólo me gustaban a mí, a él esas cosas le daban bastante igual. Cuando se te muere una hija, queda poco sitio para muchos más duelos, incluidas las hortensias.
Braulio había insistido en que entrara por el garaje, y a ella le había parecido bien; la sola visión del camino de entrada le trajo un millar de recuerdos de la que ya parecía otra vida, más sencilla e infinitamente más feliz, y tan lejana que parecía de otra mujer. Otra madre había llevado de la mano a una niña pequeña por aquel camino; otra madre había agitado la mano allí de pie, sin saber que sería la última despedida, mientras la niña, ya adulta, se marchaba en su pequeño coche de segunda mano. Apretó los dientes, mirando al suelo con determinación y guiándose por el instinto de quien ha recorrido el mismo camino un millar de veces antes, aunque sea siendo otra mujer. Si no fuera porque, antes de la llamada de Braulio, había contactado con ella el doctor Sierra, el psiquiatra que trataba a su exmarido desde la muerte de Claudia, a lo mejor ni siquiera habría descolgado. Pero el fin de su matrimonio no había sido culpa de ninguno de los dos; más bien un efecto secundario inevitable de la puñalada que Claudia había sufrido en aquella gasolinera de mala muerte, por no quererle dar la cartera a un desgraciado. Todavía guardaba para Braulio un cierto cariño, aunque verlo, sobre todo en aquella casa, se le hacía insoportable durante mucho tiempo.
El doctor Sierra había dicho que si no conseguía que Braulio acudiera voluntariamente a evaluación, tendría que internarlo a la fuerza. No era peligroso para otros, pero sí para sí mismo, había dictaminado, pragmático. Amparo era todavía su contacto de emergencia, y aquello sumó un nuevo estrato a un lecho de pena que parecía no acabarse nunca. En cinco años Braulio no había logrado recomponer su vida, conocer a nadie lo suficiente como para cambiar el número, y eso le insufló una especie de deber conyugal estúpido del que ahora se arrepentía. Nada más colgar a Sierra, prometiendo sólo a medias que lo intentaría, el nombre de Braulio se iluminó en la pantalla, como si hubiera estado esperando a que colgara. Histérico, le contó que tenía que verla en casa, que sabía lo difícil que era para ella, pero que tenía que ser en casa, en el garaje, que tenía que ir. A la voz que había querido durante tantos años, con aquel tinte ansioso y desmadejado, no pudo decirle que no.
Se mantuvo unos instantes con la mano en el pomo de la puerta, contando los latidos que sentía en el cuello, uno, dos, tres, rítmicos, regulares, no excesivamente rápidos. Tú puedes, Amparo, se dijo para darse ánimos, hay que hacer esto por Braulio, esta última cosa, y luego Luis te estará esperando en casa con la cena hecha. Con Luis no sentía la misma pasión que al principio de su primer matrimonio, pero era verdad que Braulio nunca le había hecho la cena. Suspirando, penetró en la penumbra del garaje como quien se sumerge de una vez en un lecho de agua helada.
Nada más entrar sintió el aire escapársele de los pulmones como succionado por un vacío y una presión extraña en los oídos, como cuando el avión cambia de altitud durante el vuelo, y luego, nada. Terminó de expulsar el aire con una vaharada nerviosa y lo que vio le hizo asomar lágrimas casi instantáneas. Se acercó vacilante a la pared, desde donde el rostro de su hija la miraba con los mismos ojos grises de su padre.
Era el recorte de prensa del día del ataque (joven muerta en robo con violencia) que habían ilustrado con una foto robada de las redes de Claudia. Sí, robada, porque ellos no dieron permiso, Amparo no hubiera sabido cuál ceder, si es que debieran ceder alguna. El recorte dominaba la pared y de él salían hilos de colores que lo unían con otros recortes de noticias, textos impresos, y un montón de porquerías imposibles de descifrar. Amparo entrecerró los ojos; había páginas arrancadas de libros de texto, jirones de tela, capturas de internet, informes médicos, envoltorios de comida, boletines de notas, incluso fotos de Claudia de pequeña, de Amparo y Braulio el día de su boda…Horrorizada, Amparo reconoció fotos suyas de niña que creía extraviadas; y aunque todos los hilos de distintos colores salían de la noticia de la muerte de Claudia, ella no parecía ser el tema principal, o al menos, no únicamente. También había fotos de personas que no reconocía, y muchas de…de aquel animal que había enterrado una navaja en una de las ramas de la mesentérica superior de Claudia, provocándole una hemorragia fatal en cuestión de minutos. Algunos de los recortes de prensa le daban una sensación extraña que no sabía explicarse, como cuando uno mira dos dibujos en un juego de buscar las siete diferencias y sabe que ha visto una sin verla realmente; por fin cayó en que el logo del periódico era naranja en lugar de azul. Algunos de los hilos, además, llevaban a trozos de papel que no podía leer bien. Seguramente porque estaba nerviosa y había poca luz; las letras, como extraños jeroglíficos, parecían danzar y cambiar de forma, resistiéndose a que su cerebro las interpretara.
-La línea azul cian no vas a poder leerla, porque para ti es una imposibilidad.
Pegó un respingo al oír la voz de Braulio a su espalda, y se giró con tal brusquedad que el bolso le resbaló hombro abajo. Lo cazó antes de que cayera, distraída, y decidió pasar por alto tanto la lectura imposible como que la frase de su exmarido no tenía el menor sentido. Braulio estaba saliendo del armario de trastos que tenía junto a la entrada.
-¡Por el amor de dios, Braulio, que casi me matas del susto! ¿Has estado ahí todo este rato? ¿Qué hacías? ¿Y qué coño es todo esto? Tienes un puto tablón de anuncios de psicópata de las películas en el garaje, Braulio, joder.
-Estaba mirando que no hubiera arañas, sé que no te gustan. Ven, vamos a sentarnos y te lo cuento.
Señaló un par de banquetas arrimadas a lo que antes había sido su banco de trabajo, para hacer alguna chapucilla de bricolaje los fines de semana. Si Amparo no recordaba mal, siempre había estado bajo una ventana, pero ya no había ventana. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, se dio cuenta de que todo el garaje estaba cubierto por un revestimiento plateado. Caminó hacia la banqueta despacio, la cabeza girada en todas direcciones, tratando de encontrarle un sentido al laberinto de cables, tuberías y paneles de interruptores que cubría cada centímetro de paredes y techo.
-Pero, Braulio, ¿Qué has estado haciendo aquí?-Susurró, horrorizada, mientras se dejaba guiar hasta su asiento.
-Ahora te explico. Es muy importante que me escuches, Amparo. He pensado mucho en cómo contarte todo esto, y no hay una manera buena, pero si alguna vez me has querido…No, si alguna vez quisiste a nuestra hija…
Amparo le blandió el dedo índice delante de las narices en señal de advertencia, con los labios apretados, sin necesidad de decir nada. Braulio asintió, levantando las manos con aire conciliador.
-Perdona, ratona. -La apaciguó, recurriendo a un viejo mote de su época de novios.-Todo esto es por Claudia. Lo he hecho por ella, todo lo he hecho por ella, estos cinco años de trabajo incansable…
-Creía que seguías de baja en la facultad.
-Pues claro.-Agitó las manos con impaciencia.-Necesitaba que creyeran que no estaba en condiciones, aunque me he llevado tantísimo material que no sé cómo no se han dado cuenta. Necesitaba tiempo, tiempo para probar todas las posibilidades…-Sacudió la cabeza.-Me estoy adelantando.-Prorrumpió en un graznido, riendo un chiste que sólo él podía comprender.-Mira, todo tiene que ver con los rayos.
-Los rayos.-Replicó Amparo, muy tiesa en el taburete.
-Exacto. ¿Sabes eso que dicen de que un rayo no cae dos veces en el mismo sitio?-Se inclinó, cómplice, y por primera vez Amparo sintió auténtica inquietud al distinguir cierto brillo demente en su mirada gris.-¡Es mentira! Bueno, no mentira estrictamente, la cosa es que cae siempre en todos los sitios, en todos los tiempos, pero sólo lo vemos en uno porque su eco se replica en un espacio inaccesible para nosotros…
-Inacc…¿Un espacio?
-Sí. Un espacio entre las cuerdas. Yo lo llamo las Entretelas.
-Las entretelas.-Amparo procuraba mantener el tono de voz neutro mientras se esforzaba por recordar si había metido el móvil en el bolso o, como siempre, lo había dejado sobre el asiento del copiloto.
-Las Entretelas del Universo. Con el equipo adecuado, cabalgando el eco del rayo se puede acceder a las Entretelas. Y desde ahí, bueno, ya te imaginarás…No quiero entretenerte con pormenores. La cuestión es que…
-Quieres volver. Quieres volver a ese momento en la gasolinera.
No era una pregunta. Amparo no dudaba de que era muy posible que su exmarido hubiera perdido de forma completa e irremisible el juicio. Tampoco dudaba, conociéndole, conociendo su trabajo en el campo de la física teórica, la brillantez de su intelecto y la herida que la ausencia de Claudia había abierto en su mente y en su corazón, de que si había alguien en el mundo con la combinación justa de inteligencia y desesperación para intentar viajar en el tiempo de manera seria e ignorando todas las consecuencias, ese era Braulio. Amparo también recordó que Braulio era famoso por ponerles nombres de andar por casa a sus descubrimientos. Aquella cosa de las entretelas, lejos de sonarle disparatada, de repente le heló la sangre.
-Ay, pero qué lista has sido siempre, ratona, casi no he tenido que explicarte nada, pero no.-Señaló la pared.-Ya he ido.-Le cogió las manos; tenía las suyas calientes, enfebrecidas. Las de Amparo estaban frías, sudorosas. En algún lugar del pueblo, todavía lejos, se oyó un trueno. Braulio consultó su reloj y luego siguió hablando, un poco más deprisa.-La he visto, ratona, he visto a nuestra niña.-Se le quebró la voz. Por la cara de Amparo ya hacía rato que corrían unos lagrimones gruesos que abrían grandes surcos en la base de maquillaje, pero no se vio capaz de decir nada. Braulio continuó, obligándola a levantarse y retroceder hasta la entrada, como para abarcar su panel (que cada vez parecía menos de psicópata de película y más de científico loco de película) en toda su magnitud.
-Ves, cada línea representa una vez que volví y cambié algo. Verás, viajar por las Entretelas, irónicamente, no fue lo complicado, lo logré en los primeros seis meses tras el funeral.-Amparo trató de seguir su cotorreo mientras oía la tormenta acercarse de fondo, tratando de no pensar en que su exmarido acababa de admitir que había logrado el viaje en el tiempo como si nada, de no pensar en cómo miraba el reloj cada vez que sonaba un trueno, de no pensar en que una parte pequeña de su mente estaba empezando a creérselo todo y, lejos de alegrarse por las posibilidades, como él, estaba aterrada.- El problema es saber qué cambiar. Empecé por lo obvio, claro, evitando que Claudia fuera a la gasolinera. No dio resultado. Luego, evitar que tuviera coche, que viviéramos aquí…no te aburriré con los detalles, está todo documentado. La cuestión es que hay demasiadas variables como para que un solo hombre las tenga en cuenta. Cada vez que cambiaba algo, otra cosa también cambiaba en consecuencia, con resultados…-Tragó saliva.-Prefiero que no sepas las cosas que he provocado, a veces…-Se estremeció, y Amparo reprimió un escalofrío.-Así que decidí que tenía que cambiar de foco. Ya sabes lo que decíamos en los primeros años de facultad, si la hipótesis no funciona…
-Cambia radicalmente de hipótesis.-Completó Amparo, con las piernas temblando y un hilillo de voz. Las manos de Braulio seguían aferrando las suyas sin notar (o sin querer notar) su aprehensión.
-Exacto, exacto.-Asintió, cada vez más agitado, riendo entre dientes.-Me volví hacia las ciencias sociales, Amparo, ¡Te lo puedes creer! ¡Yo! Psicología y demografía y sociología y... Pensé que Claudia no necesitaba mi intervención, ¡No! ¿Qué había hecho ella de malo? ¿Qué habíamos hecho nosotros? ¡Nada! Estudié a José Manuel García Cañizares, alias el Pintas, el…ya sabes. Ya había probado antes a…a… no estoy orgulloso, pero alguno de esos cordeles de colores simboliza una línea temporal en la que…bueno…lo eliminé de la ecuación.-De pronto, el panel volvía a parecer más de psicópata de película que de científico loco de película, y Amparo tragó saliva. Braulio le posó ambas manos en los hombros-El problema, no te lo vas a creer, pero…el problema creo que es que proviene de una familia desestructurada. ¡Todo un cliché! Al criarse sin un padre, José Manuel no deja de tomar una decisión mala tras otra, y todas le llevan a ese día en la gasolinera.
De pronto, un trueno sacudió las paredes del garaje, y algunos instrumentos ocultos en la penumbra comenzaron a vibrar y a pitar; distrajeron a Amparo, que no pudo reaccionar cuando de un empellón Braulio la empujó hacia las profundidades del armario abierto, cerrándole la puerta en las narices. Antes de poder reaccionar, Amparo oyó el clic de un candado al otro lado. Golpeó los paneles de resina, furiosa.
-¡Braulio, qué narices! ¡BRAULIO!
-Amparo, cariño, escucha, escucha…-Amparo dejó de aporrear. La voz de su exmarido sonaba muy cerca; a través de las ranuras vio un ojo gris pegado a la puerta.-Necesito un testigo. Creo que esta es la definitiva, ratona, creo que voy a traer a Claudia de vuelta.-Su voz se quebró en llanto de nuevo, pero esta vez, parecía llorar de alegría contenida.-Ese chico necesita un padre. Claudia estará bien contigo, pero ese chico…necesita que alguien lo críe como es debido. Hacerte a ti esto…sin explicación, no, no puedo elegir entre las dos. Necesitaba que tú también recordaras, que supieras por qué me fui, que le explicaras a ella…Dile que siempre la quise, que hubiese elegido cien veces estar a su lado de haber podido, que todo lo hago por ella... Necesito que en este intento tu línea se preserve, sobre todo si tengo éxito. Tenía que meterte a ti también en las Entretelas.
-Braulio, me cago en todo, a mi no me vas a meter en ninguna parte, necesitas ayuda, déjame salir…
-No, ratona, ya te he metido. Este garaje existe en una Entretela. El candado tiene un temporizador de cinco minutos. Ya han transcurrido dos. En otros dos, viajaré yo, coincidiendo con la caída de un rayo. Literalmente, sólo tendrás que esperar un minuto y podrás salir, y ver si he tenido éxito. Ratona…te quiero. Por favor, no dejes que crezca odiándome.
Amparo se pasó dos minutos enteros gritándole a Braulio y golpeando las paredes del armario hasta que ambos puños se le pusieron morados. Luego, una especie de sonido que no era un sonido sino el eco de la ausencia de sonido
un GLUP
Y el cese de una vibración que no había notado hasta que paró, como cuando una nevera completa un ciclo de desescarche o se apaga una campana extractora. Después de aquello, Amparo permaneció en silencio en la oscuridad del armario, llorando sin hacer ruido, sin atreverse a decir nada, sabiendo que, al menos, no había arañas. Los segundos se escurrían densamente mientras contaba los latidos del corazón en la garganta: uno, dos, tres… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta.
CLIC.
La puerta cedió en cuanto la empujó con la palma. El garaje seguía igual, pero estaba vacío. No se atrevió a comprobar el tablero del fondo; en lugar de eso, con unas piernas que amenazaban con ceder bajo su peso, se encaminó al exterior. Volvió a notar aquel zumbido en los oídos y la sensación de que algo quería sacarle el aire de los pulmones, sólo durante un instante, y luego nada.
Afuera no había ni rastro de lluvia, y cuando se giró hacia la casa se tambaleó y, esta vez sí, cayó de rodillas y empezó a sollozar con grandes, profundos hipidos. La vista se le desdobló mientras dos pares de recuerdos se conjugaban y acomodaban en su cabeza con esfuerzo, dos vidas distintas coexistiendo a la vez en una amalgama, ambas excluyentes, pero, de algún modo, encontrando la elasticidad necesaria como para vivir dentro de su cabeza. Una vida con Braulio, otra sin él.
Mientras se quedaba sin lágrimas, el viento mecía con delicadeza las hortensias que rodeaban todo el costado de la casa, blancas y azules hasta donde alcanzaba la vista.



Buah, Tere, me ha encantado. Enganchadísima hasta el final. Creo que aquí tienes, si te apetece, mucha tela que cortar. Con tu narrativa, te saldría un novelón de 500 páginas que yo me leería bien a gusto. Gracias por compartirlo 💜