Tic Toc
Creo que no he dedicado tanto tiempo a amar a nadie como lo he dedicado a odiarte a ti. La pasión con la que te he perseguido, el fuego que arde en mi interior ante el solo pensamiento de tenerte delante, no ha sido capaz de insuflarlo en mí ni siquiera la chispa del primer amor. He pasado años, probablemente los mejores, planeando mi venganza, dedicando cada aliento consciente a la fantasía de apresarte y eviscerarte de un solo tajo, de la garganta al vientre, de aniquilarte de un millar de maneras, exigiendo a mi imaginación que combara sus límites sólo para idear formas de hacerte sufrir. Tanto, tanto tiempo dedicados a estos quehaceres inhumanos, yo a mis sueños de venganza, tratando de encarnarte en los pobres diablos con los que me cruzo (pasarlos por mi espada, un pobre sustituto hasta alcanzarte) y tú, asumo, satisfaciendo tu glotonería sin fin; supongo que ninguno de los dos somos ya capaces de amar. Ambos nos hemos convertido en monstruos, así que la pasión de la venganza es lo único que nos queda.
Hace un momento he puesto el aposento patas arriba porque creí escuchar ese tictac del demonio otra vez. Dudo mucho que ninguno de los pobres diablos bajo mi mando haya cometido la locura de meter aquí un reloj, sabiendo como saben de lo sensible de mis oídos a ese odioso tictac insalubre, pero…
Estoy divagando, siempre tendí a extenderme demasiado en mis misivas, es una suerte que conserve la mano derecha. El muñón de la izquierda me pica terriblemente, al principio creía que era por evocar tu recuerdo, que el mero hecho de pensar en ti traía de vuelta los dolores de mi mano fantasma. Ahora creo que es simplemente el mal tiempo, o el tiempo a secas. De todas formas, esta es la última carta que te escribo, permitirás que me reserve su objeto hasta el final, que este viejo tullido y paranoico se explaye con la única persona que podría comprenderlo.
¿Sabes? En mi sueños aún tengo las dos manos, pero no puedo escapar al tictac del reloj.
Siempre sueño con ese atardecer en que perdí la mano. En lugar de proceder de algún terrorífico lugar a mi espalda, el tictac tictac tictac viene de mi muñeca izquierda. Es entonces cuando sé que estoy soñando, pero no puedo hacer nada por despertarme. Levanto la vista y te veo encaramado sobre un barril, y todavía no te odio porque todo lo que habría de separarnos aún no ha ocurrido. O apenas si ha empezado a ocurrir; en el sueño vuelve a mí la necesidad de explicar las cosas, de hacerte entender que todo puede ser aún como antes. Pero advierto la mueca de repulsión en tus rasgos engañosamente infantiles. Me miras de arriba a abajo con desaprobación: mi larga melena negra con apenas alguna cana prematura, la señorial levita roja sobre la camisa blanca con encajes de los que, antes de mi partida, nos habríamos reído, las primeras líneas enmarcando mis ojos azules. Pero tienes que recordar que son los mismos, trato de hacértelo saber, para mí han pasado años pero para ti los años no existen, tienes que recordar que soy yo, que sigo siendo yo, la traición del paso del tiempo no puede ser tan grande.
¡Ah, ese condenado tictac otra vez! Me he asomado con precaución a la ventana pero no se advierte nada, y aquí dentro tampoco está, no puede estar aquí dentro, he revisado todo. La mano que no tengo vuelve a darme la lata, me clava una legión de pequeñas agujas como si en vez de faltar sólo estuviera dormida. Nos hemos hecho tan viejos…los ojos azules que me devuelven una mirada esquiva y apagada desde el espejo de mi aposento me son casi desconocidos, a veces me parecen los de un animal cogido en un cepo. Tú también te has hecho viejo, aunque un vistazo despreocupado a tu apariencia podría engañar a los más ingenuos.
En el sueño sonríes, encaramado sobre el barril donde guardamos las manzanas, pero tu sonrisa no es la de antaño. O quizá siempre tuvo esa cualidad de depredador y mientras me encontraba bajo tu influjo no lo supe ver. Fue en ese momento, con las últimas luces del sol poniente confiriendo a tus rasgos una apariencia grotesca, una calidad sobrenatural de niño viejo, de trasgo sabiondo y pretendidamente infantil, cuando supe que todo estaba muerto entre nosotros. No me ibas a perdonar; y no sólo eso, cuando con una carcajada escalofriante saltaste (prácticamente flotaste) hacia mi con el puñal en la mano y sin borrar la sonrisa, supe que, como siempre habías prometido que harías con los desertores, ibas a castigarme.
Esa tarde te convertiste en mi demonio personal. Tal vez siempre lo habías sido. ¿Hasta qué punto era capaz de tomar una decisión cuando accedí a irme contigo, siendo tan sólo un muchacho? ¿Cuántos siglos llevabas tú ya sobre la tierra, con tu apariencia juvenil y tu carácter despreocupado, capaz de trocarse en letal en un parpadeo?
Eres un espadachín excelente, pero yo no me quedo atrás. Tú me habías enseñado bastante, pero en los años en que permanecimos separados yo también había aprendido un par de trucos. Sin embargo, una parte de mi se refrena, ahora lo veo claro, en el sueño -ese día-una parte de mi todavía cree posible que me absuelvas por el terrible pecado de separarme de ti para encontrar mi propio camino.
Pero esa clase de perdón no está en tu naturaleza. No sé qué me dolió más: que me desterraras o que me cortaras la mano.
Incluso eso podría haberte perdonado. Pero se la echaste de comer a esa terrible bestia que ahora me persigue con el latir de mi reloj de pulsera en sus entrañas: tictac, tictac, tictac.
Veo su inconfundible silueta cada vez que el agua se estremece, esperando para completar el encargo con mi mano descomponiéndose en sus entrañas y el reloj de pulsera marcando el tiempo al que tú te has negado a obedecer. Haciendo que me persiga aquello que para ti no existe, no es nada, que no puede tocarte, ni a ti ni a tus niños. No mientras sigan a tu lado, ¿Verdad? Mientras sigan alimentándote.
No soy idiota, sé que de mi mano perdida ya no queda nada. Hace tiempo que el tic tac tendría que haberse agotado, es imposible que al reloj le dure la cuerda, pero que dios me ayude, sigo oyéndolo, sigo oyéndolo en la oscuridad.
Ahora mismo, mientras el agua se estremece falsamente mansa bajo el ojo de buey de mi camarote, levemente amortiguado: tictac. Tictac. Tictac.
Libérame de esta condena, de una forma o de otra. Sabes dónde está atracado el Jolly Rogers. Te estaré esperando.


